Lo que se oye sobre el País Vasco, en una especie de concurso a ver quién grita más, no suele referirse, cosa paradójica, al País Vasco. Da la impresión de que éste es una excusa para que los partidos políticos discutan entre ellos, los tertulianos no pierdan tema, los movimientos sociales renueven su viejo material y los ciudadanos protesten contra unos y contra otros. Es rara - o, mejor, es imposible - la palabra que tome distancia necesaria respecto a lo que está ocurriendo, que dé la razón a quien cree que la tiene, que distinga, en suma, dentro del ovillo en el que se está convirtiendo lo relacionado con Euskadi. Todos, en fin, se miran a la cara y se la tapan a la hora de acercarse, con la adecuada modestia, a la vida social y política que condiciona la situación actual.
Como uno es, desde hace tiempo, escéptico respecto a las aportaciones reales de partidos, sindicatos y otros movimientos que pujan por tener voz para encontrar la solución final, me voy a ahorrar propuesta alguna o señalar dirección por la que se debería caminar. Más aún, mi experiencia es que nadie quiere escuchar a quien ponga en cuestión la más mínima pieza de la estrategia de las organizaciones citadas. Por eso y en un paso que tiene mucho de utópico, solo veo dos posibles maneras de ayudar a que vayamos mejor. Por un lado, una real didáctica de la paz. No me refiero a charlas, talleres o cosas por el estilo, que nunca sobran. Pero se trataría de una labor a largo plazo en la que se explique qué es una pacificación auténtica y cómo deben variar los sentimientos de las personas si deseamos que la paz, en su sentido constructivo y positivo, sea interiorizada. O yo estoy muy despistado o no veo institución o grupo que se hayan empeñado en realizar dicha labor cultural. Porque la pacificación surge no de iniciativas bien intencionadas sino de un trabajo cultural que exige estudio, preparación y especialización. Y, por otro lado, está la cuestión técnica. Equipos expertos en la resolución de conflictos hay muchos. Algunos están bien cercanos. Su ayuda es fundamental. Al final habría que confiarles un papel destacado en la mediación o negociación que ha de tener lugar en algún momento.
Al margen de lo dicho, se me ocurren pocas cosas más. O, mejor, se me ocurren muchas, pero todas ellas me imagino que se las llevaría el viento. Porque los dados están echados desde hace tiempo. El gobierno español, en cualquiera de sus vertientes, lo más que va a ofrecer es el acercamiento y la paulatina liberación de los presos. Y buena parte de los vascos, que no sólo ETA o la izquierda abertzale, piensan que no es ésa la cuestión central. Este sería el nudo gordiano y que parece que no hay forma de cortar. Los pequeños pasos o meras ilusiones pueden estar bien y mostrar una intención angelical pero no dejan de ser pequeños pasos y, en ocasiones, más que unir nos apartan del problema. Y conviene tener el problema a la vista y sin pestañear. De la misma forma que no hay que pestañear a la hora de echar en cara a los partidos políticos que atienden más a sus intereses endogámicos, a su avidez por mantenerse en el poder y a su ilimitada avaricia por lograr votos que a resolver los problemas de los ciudadanos. Mis expectativas en este sentido no son muchas. En los últimos meses, al revés que hace poco tiempo, el PNV está en alza en Madrid y a Imaz se le mira como un componente más en el gran coro que canta bajo la batuta de la capital de España (me recuerda aquellos tiempos en los que Atutxa era el ministro del interior ideal, pronto pasó a ser un malvado y es de suponer que un destino semejante le espera a Imaz). No sé si eso es bueno o malo. O, mejor, eso es malo si de lo que se trata es de ponerse todos en fila en vez de reivindicar sensatamente lo que se piense que hay que reivindicar desde su propio lugar.
Se ha hablado una y mil veces de que el problema vasco es muy complejo. Pero lo complejo se resuelve reduciéndolo a sus elementos simples. Las Naciones Unidas reconocen que cualquier pueblo, por pobre y pequeño que sea, tiene derecho a la autodeterminación y a la independencia (dos conceptos obviamente distintos, pero que suelen ser utilizados toscamente como sinónimos, lo que requiere, una y mil veces, recordar que si no se diferencian o se es un ignorante o un malintencionado). De ahí que sean independientes Vanautu, las islas Vírgenes, las islas Salomón e, incluso, la casi deshabitada isla Santa Elena. Podríamos poner mil ejemplos más, algunos muy cercanos, como es el caso de Andorra o de San Marino. Deberíamos, en consecuencia, relativizar a los estados y a su divinizada unidad. Por eso y por resumir, para acabar, todo el problema vasco en dos palabras, diría lo siguiente. No entiendo que no se conceda a un pueblo, que la pide, su autodeterminación, como no entiendo que se mate por conseguirla. Entre estas dos incomprensiones radica el agitado problema vasco; agitado porque, en buena parte, interesa a la mala política. Hagamos, por tanto, política a lo grande.