Sin embargo, la experiencia nos enseña que no siempre la inexistencia de antagonismos violentos autoriza a hablar de paz en toda la plenitud de la palabra. Porque todos conocemos -o intuimos la existencia de- casos en los que, tras una aparente calma exterior, se ocultan estados de represión y extrema injusticia que sólo forzando mucho las fronteras semánticas de la expresión, pueden ser calificadas de pacíficas. Es cierto que no hay paz donde reina la violencia. Pero erradicación de esta última, no es, por sí misma, plena garantía de paz. O dicho de otro modo, la paz presupone la ausencia de violencia, pero sólo se alcanza en plenitud si concurre "algo" más. Pero el problema radica en identificar, de una manera consensuada, qué es ese "algo" que cualifica la mera inexistencia de agresiones violentas y permite hablar de paz.
Un político mejicano del siglo XIX, decía que "la paz es el respeto al derecho ajeno". Desde que la leí, hace ya un par de lustros, esta frase de Benito Juárez, siempre me ha parecido sugerente. Pero tampoco carece de problemas. Como todas las frases sugerentes, se limita a sugerir; lo cual no es poco cuando se inicia la búsqueda, pero sabe realmente a poco cuando, tras años de búsqueda, lo que se demandan son soluciones precisas. Porque, ¿cuál es el derecho ajeno que hemos de respetar para alcanzar la paz? ¿El derecho que estamos dispuestos a reconocerle -siempre, por supuesto, sin menoscabo de nuestro interés- o el derecho del que él se considera titular? Y, formulada la pregunta en sentido inverso, ¿cual es el derecho propio que el ajeno debería respetar como requisito sine qua non para que florezca la paz? ¿El que sabemos que está en condiciones de poder reconocernos o aquel cuyo reconocimiento supondría la negación misma del ajeno como sujeto titular de derechos? La idea del respeto al derecho ajeno que queda esbozada en la frase de Juárez, me traen a la memoria aquellos versos de García Lorca: "El ojo que ves/ no es/ ojo porque lo veas./ Es ojo porque te ve".
En Euskadi se ha hecho habitual vincular la paz al respeto de "Todos los derechos para todas las personas, en todo momento, lugar y circunstancia". Es una consigna atractiva y cómoda. Atractiva, porque destila una ambiciosa universalidad inclusiva, en la que nadie queda marginado. Y cómoda porque está concebida con una vocación tan omniabarcante, que resulta válida cualquiera que sea el "ojo" desde el que se mire.
Pero a veces, tengo la impresión de que la frase se utiliza con un trasfondo sinalagmático que, hasta cierto punto, empaña su validez como fórmula eficaz para el mutuo reconocimiento. En alguna ocasión me ha parecido advertir que, en realidad, quienes la pronunciaban querían decir: "Yo estoy dispuesto a respetar tus derechos si -y solo si- tú respetas los que yo considero que son mis derechos". Y utilizada en este sentido, la frase queda pervertida. Porque el reconocimiento del derecho ajeno no puede ser condicionado. No puede quedar subordinado al previo -o simultáneo, tanto da- reconocimiento, de lo que yo considero que es mi derecho. Aceptar esta premisa, sería como atribuir al capricho subjetivo plena capacidad para fijar las equivalencias que deben regir entre el derecho propio al que no estamos dispuestos a renunciar y el derecho ajeno que estamos dispuestos a respetar a cambio. Y las combinaciones podrían ser monstruosas: Mi derecho a la autodeterminación de Euskal Herria por tu derecho a la vida. Mi derecho a la unidad indisoluble de España por tu derecho a la libertad ideológica.
En mi opinión, es en este terreno donde se ubica el principal reto que los vascos hemos de afrontar de cara a nuestra convivencia futura: En la definición acordada y consensuada de lo que es ese "derecho ajeno" cuyo respeto nos abre el camino hacia la paz. En un contexto en el que todos tendemos a esgrimir el derecho propio para embestir al contendiente político, resulta notablemente difícil la aproximación comprensiva al derecho ajeno. Y sin embargo, es ahí donde tenemos que avanzar para avanzar en el acuerdo; ese punto de equilibrio inestable sobre el que históricamente ha descansado la idea paccionada que ha dado soporte a la organización política de los vascos.