Foto: Karlos Corbella
Son demasiados años de enquistamiento como para reconocer que no va a ser fácil. El conflicto vasco, depende hasta dónde se empeñe cada cual en prolongar sus raíces, ha sido vivido en cada época de manera diferente. Desde la guerra abierta y convencional hasta la guerra de guerrillas, pasando por efímeros periodos de tranquilidad pactada, violencia política extrema y terrorismo de Estado. Acuerdos, los ha habido pero nunca estables. Ni siquiera justos. La sociedad vasca ha soportado durante tanto tiempo las consecuencias del enfrentamiento que a estas alturas del siglo XXI y en el contexto europeo, quiero suponer que en su inmensa mayoría los ciudadanos reclaman de los políticos un acuerdo sólido, razonable y definitivo.
A ese acuerdo, tan deseado, tan necesitado, debe llegarse mediante un impulso decidido de la sociedad y un compromiso generoso de las fuerzas políticas basado en el respeto a las razones del adversario. A la hora de emprender ese acuerdo deben excluirse previamente los conceptos de victoria y derrota y centrarse en el objetivo de lograr una convivencia saludable que no se vea perturbada por las consecuencias derivadas de la nueva situación. Porque para llegar al acuerdo hay que comenzar por interiorizar que, por propia definición, acuerdo supone cesión. Pretender llegar al acuerdo desde los maximalismos, desde la defensa numantina del propio criterio, desde la convicción de posesión de la verdad, es anticipar el fracaso.
Como supuesto incuestionable, al acuerdo hay que llegar desde el reconocimiento y el respeto a la pluralidad. No cabe ninguna duda de que la sociedad vasca es plural, muy plural, por lo que nunca sería viable un acuerdo real y estable basado únicamente en el principio de la mayoría. En Euskal Herria hay sentimientos identitarios tan diferentes como firmes, circunstancia que obliga a un singular esfuerzo de convivencia en el que debe descartarse cualquier tentación de frentismo y, por supuesto, de imposición. Por ello, el acuerdo deberá contar con un plus de creatividad, un plus de generosidad y un plus de tolerancia.
En aras al realismo, considero impensable un acuerdo estable y justo que no sea transversal. Sólo logrando una convivencia respetuosa entre las distintas realidades identitarias que comparten el escenario vasco podrá asentarse ese acuerdo, al que debe llegarse renunciando a los maximalismos y practicando el ejercicio generoso de ceder.