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Paco Roda (Trabajador social): La poderosa seducción de la concordia

29-01-2007

La opinión de Paco Roda sobre el acuerdo
Más que nunca. Porque tal vez hubo una época en que el acuerdo estuvo proscrito. Porque hubo un tiempo de miedos y silencios bastardos. Una edad encaramada en la eternidad de las derrotas y en los funerales de la razón. Y en el exilio interior de los pensamientos sin raíces. Por eso mismo hay que recordar. Para acordarnos de otro tiempo por llegar. El del acuerdo. Más que nunca.
 
Y es que uno tuvo miedo. De hablar claramente, de decir abiertamente que uno deseaba morir porque ya no había sitio a causa de tanta muerte. Uno, como otros muchos, tuvo miedo, o no fue lo suficientemente valiente para plantarse ante la historia y renegar de un presente envilecido. Y uno se sintió parte de una caravana de espíritus que florecían sobre las ruinas de la vida. Pero no obstante, y pese a todo, uno fue sorprendido por el delicioso terror del vértigo. Y llegó el silencio. Y se encasquillaron los gatillos. Y de pronto el acuerdo pareció posible. Y sin quererlo abiertamente, éste se acomodó en cada uno de los susurros internos de quienes, día a día se preguntaban qué hacían allí, mientras unos tocaban el órgano y otros la flauta. Pero de nuevo, como si nunca se hubiera renegado del balcanismo celestial, como si esa pausa fuera el anuncio de nuevas sangres, llegó un nuevo llanto por dos vidas empobrecidas. Y uno solo quiso hacer de cada lágrima una sepultura. Y volvió a recelar de la posibilidad de luz. Porque como dice Cioran, los rayos dispersos que emanan de Dios solo se muestran en el crepúsculo de la razón.
 
Uno cree que esta sociedad, este país encanallado, envilecido, cansado, redimido mil veces por falsos profetas, necesita encontrar un lugar común. Necesita sentirse parte de un todo, quizás más universal que el mapa oficial anunciado y santificado por la historia. No va a ser fácil. Porque hemos generado en nuestra alma social la metástasis del desacuerdo, del conflicto permanente, del desencuentro como elemento definitorio de nuestra razón de ser. Estar en discordancia nos define. Nos aporta un plus de notoriedad y hace sentirnos más seguros en ese lugar imaginario que vamos buscando en el mundo. Incluso dentro de nosotros mismos. La confrontación nos reafirma, nos salva, nos blinda internamente ante desnudez de nuestras miserias. Nos libra del acecho imperdonable de una moral entreguista o revisionista del destino. Por eso cuesta tanto hacerle un hueco al acuerdo. Porque no está bien visto. No vende. Porque rebaja nuestra posición ante el contrario, siempre necesario. Resulta políticamente incorrecto, sospechoso, colaboracionista, servicial y poco valiente. Porque estamos acostumbrados a tensar el arco de la historia. Hasta reventar el destino. Y sin embargo, encanallarse constantemente solo produce pesimismo existencial y decepción social generalizada. Tanto, que así se ha ido construyendo un inconsciente colectivo vasco que siente que la vida únicamente merece ser vivida por las delicias que florecen sobre sus ruinas.
 
El último atentado de ETA ha resucitado el desacuerdo y la confrontación. Y nuevamente la sociedad civil debe de vencer las resistencias para no encanallarse. No será fácil. Porque las partes están más inseguras que nunca. De ahí la necesidad del atrincheramiento. De ahí la imperiosa necesidad de tensarnos, de confrontarnos. Como mecanismo de protección de nuestras falsas seguridades. Esas que ya no nos sirven porque uno cree que se acaba una época, un tiempo que inexorablemente nos lleva a otros territorios. A próximas mutaciones sociales. Las del acuerdo. Pese a que aún nos cueste reconocer que parte de nuestra victoria depende de la derrota de nosotros mismos. Así que uno cree que hay mil razones para girar. Para imaginar este país con otra cartografía. Hay una vieja máxima árabe que reza así: quien quiere hacer algo busca una herramienta. Quien no, una excusa. Este país se ha blindado ante el destino con miles de excusas. Ahora nos falta una herramienta. La poderosa seducción de la concordia.

Comentarios

| Muy bien escrito y loable por sus buenos deseos. Pero hay una herramienta más poderosa aún: el rearme moral de una sociedad envilecida, que acepta como normal el asesinato de sus semejantes. Hay que exigir la autodisolución de ETA. Cualquier otro paso es una forma más de vileza. | 29.01.2007 17:03

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