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Santi Eraso (Director en excedencia del Centro de Arte y Cultura Contemporanea Arteleku): Diálogo

07-03-2007

La opinión de Santi Eraso sobre el acuerdo

Claude Lefort afirma que todo proyecto de dominación intenta minimizar el espacio de la acción individual o de la diversidad social, produciendo una furiosa negación de la división política y de la pluralidad cultural. Esta tendencia a la supremacía se traduce en proyectos políticos y culturales que incorporan los individuos y sus experiencias a estructuras totalitarias.

Una manifestación concreta de este absolutismo se encuentra en el creciente aumento de concepciones nacionalistas de todo tipo, desde los primigenios imperialismos, reconvertidos en regímenes neocoloniales o imperios económicos globales, pasando por el fortalecimiento de los tradicionales Estados-nación europeos que no quieren perder la esencia de su fundamento y de su existencia, hasta los nacionalismos minorizados más reivindicativos que se camuflan bajo eufemismos de todo tipo: independencia, autodeterminación, soberanía, derecho de ser, etc.

Estas tácticas de renacionalización de la experiencia social y de la vida en común -en algunos casos basadas en un permanente rearme nacional y en otros en una constante reivindicación de la lucha armada- se disfrazan de inocentes estrategias encaminadas a la búsqueda de un pasado idealizado y mítico o de un futuro soñado y mesiánico que nos impide juzgar y actuar en nuestra vida presente, dejándonos en una especie de limbo, donde la acción política individual queda neutralizada a la espera de la consecución colectiva del fin último o de la utopía inalcanzable. Tanto es así que, cualquier interpretación ciudadana que cuestione esta dinámica delirante o cualquier movimiento que ponga en cuestión esta visión idealista, serán interpretados como una traición o una conspiración.

En este sentido, una de las cuestiones fundacionales del conflicto vasco se sitúa precisamente en las diferentes maneras contrapuestas de interpretar el sentido de pertenencia a una geografía y a un espacio político compartido. En un extremo, la que entiende el territorio que habitamos y la experiencia de la vida cotidiana como partes de la mitología y de un pasado atávico; y en el otro la que lo asume tan sólo como una cartografía administrativa, desprovista de todo tipo de connotaciones legendarias.

Afortunadamente, entre la radical bipolaridad de ambas concepciones se encuentran otras posibilidades menos básicas, mucho más complejas y variadas que permiten una organización política y social de la vida, donde la acción individual pervive en estructuras organizativas más comunitarias, sin menoscabo de la libertad personal y respetando los derechos públicos y privados que esos ciudadanos quieran otorgarse mutuamente a través de la ley compartida.

Así pues, mientras no se supere cierta concepción pre-política de la vida y de la identidad y no se interprete la política como una permanente y diaria construcción de la vida democrática, en constante transición y mutable redefinición, no creo que podamos superar nunca -aunque se resuelvan coyunturalmente los efectos de las armas- el denominado "conflicto vasco".

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