Rabia, decepción, frustración. Parálisis, desilusión, sumisión. Los últimos acontecimientos han dejado tocada a la sociedad vasca. Una sociedad que, esta vez sí, había visto factible la desaparición definitiva de la violencia y la solución del conflicto político. Pero la realidad, a veces, puede ser muy cruel.
Han hecho falta años y mucha dedicación para crear un escenario en el que se empezaba a atisbar el final del túnel. La solución, por fin, parecía cercana. Las bases del acuerdo parecían sólidas y la sociedad, de forma muy mayoritaria, tenía asumidas sus claves.
Estaba ampliamente aceptada la necesidad de un acuerdo plural, que contara con el apoyo, si no unánime, sí mayoritario de las dos sensibilidades socio-políticas que conviven en el país, y que dejara la puerta abierta a cualquier incorporación futura a quienes, sin boicotearlo, decidieran no sumarse.
Un acuerdo sustentado principalmente sobre dos pilares. El primero, que cualquier decisión tendría que ser ratificada por la sociedad. Se trata de reconocer, de forma explícita o implícita, el ámbito vasco de decisión. Algo, por otro lado, prácticamente asumido por la sociedad.
Sin embargo, y aunque no hay duda de que la aceptación del derecho a decidir del pueblo vasco es clave para cualquier acuerdo, su reconocimiento explícito no puede llegar a ser un obstáculo insalvable. Hay que tener en cuenta que ninguna ley ni ninguna norma puede detener una demanda social ampliamente mayoritaria.
En un Estado moderno, enclavado en el corazón de la próspera Europa, la clave de cualquier decisión queda en manos de la sociedad. Y así es también aquí. Ni siquiera el artículo 8º de la Constitución lo puede impedir. Hace tiempo que dejó de sonar el ruido de sables y, tarde o temprano, el poder acaba por asumir las demandas sociales cuando éstas son mayoritarias. Ningún poder, ni el judicial, ni el político, ni el militar podría oponerse a, por ejemplo, una demanda de más del 70 por ciento de la sociedad vasca. Se trata, al fin y al cabo, de apostar por posturas realistas y pragmáticas.
La conciliación es el segundo pilar donde se debería sustentar cualquier acuerdo. El final de la violencia debe cerrar viejas heridas, debe reconocer errores y asumir culpas. Cualquier acuerdo debe esclarecer los episodios todavía oscuros de nuestra historia reciente y debe servir para pedir perdón. Sin vencedores ni vencidos. La conciliación es al fin y al cabo la que pondrá el punto final del conflicto.
Conciliación social, que no política. Es evidente que hay intereses que difícilmente permitirán un acercamiento real y público de posiciones históricamente enfrentadas. Es algo normal y, hasta cierto punto, prescindible. Si la eterna campaña pre-electoral impide un acercamiento entre partidos, deberá ser la propia ciudadanía la que recoja el testigo y tome la iniciativa.
Es la sociedad vasca la única que puede superar los bloqueos y avanzar hacia la solución. Son las asociaciones de estudiantes, sindicatos, ONGs, agrupaciones vecinales, organismos culturales o deportivos los que pueden recuperar los puentes rotos. Si las formaciones políticas no pueden, deben ser los colectivos sociales, las bases ideológicas de las distintas tendencias políticas, las que propongan un documento de mínimos que sirva de base para el acuerdo final al que deberán llegar los partidos políticos y que posteriormente tendrá que ratificar la sociedad vasca.
Es el momento de sentar las bases del acuerdo. Sin prisa pero sin pausa. Paso a paso, ampliando y llegando a sectores sociales no contaminados por el ambiente pre electoral. La iniciativa de los sindicatos o apuestas como Ahotsak han demostrado que el acercamiento es posible. Así que, si la situación impide el acuerdo entre agentes políticos, deberán ser los sociales los que busquen y mantengan viva la esperanza.
Los últimos acontecimientos lo han cambiado todo. Es cierto. Hace falta una fuerte dosis de optimismo para seguir creyendo en la solución dialogada del conflicto. Puede que un análisis realista de la situación suponga una conclusión negativa. Sin embargo, el deseo de paz es hoy mayor si cabe que el 29 de diciembre. Pero el solo hecho de imaginar una vuelta a los años más oscuros y duros de violencia es tan difícil de asumir, que nadie quiere dejar pasar esta oportunidad. Y eso se puede aprovechar. El acuerdo es posible.