Lokarri

Pello Salaburu (EHUko irakaslea): Ilusión y esperanza

2006-11-10

Pello Salabururen iritzia akordioari buruz
Tras tantos años de violencia, eso es lo que nos queda en estos momentos: un poco (o un mucho) de ilusión y de esperanza, ante esta nueva situación. ETA lleva varios años sin asesinar a nadie, y eso es una gran noticia. Este es el dato relevante, porque todo lo demás queda en un segundo plano y supone un cambio radical con respecto a la que teníamos no hace tampoco tanto tiempo.

Sin embargo, estamos todavía lejos del final. Cuando un problema se enquista en la sociedad, y durante decenas de años muestra su cara más cruel, su solución depende de múltiples factores que deberán ser analizados y tenidos en cuenta, antes de buscar salidas simples que seguramente no existen más que en la mente de quienes confunden una realidad compleja con esa realidad simple que ellos mismos han creado y creído.

El factor más importante que ha desestabilizado la sociedad vasca se llama ETA. Una organización cruel que ha asesinado a centenares de personas, de toda edad y condición. Una organización que ha secuestrado, ha puesto bombas, ha quemado bienes y ha traído la ruina a nuestro país, amenazando de forma permanente a muchos de sus habitantes. Detrás de ETA están sus militantes, los de primera línea, la mayoría de los cuales ha acabado en la cárcel, con penas de prisión de decenas de años en algunos casos. Sin embargo, ETA no ha actuado sola: sus militantes han encontrado acomodo en seguidores fieles, incapaces de empuñar las armas ellos mismos, eso sí, pero dispuestos a jalear sin descanso a nuestros luchadores como si fueran heroicos paladines de la libertad del pueblo vasco. Un sector importante de la sociedad vasca apoya a ETA, de forma directa o indirecta. No han ayudado para nada, desde luego, los efectos de una transición mal cerrada: nos presentan la guerra civil como si fuera cosa del pasado, pero, aunque lo sea, todavía quedan viudas que no han podido enterrar a sus muertos. ¿Es el pasado para ellas? Tampoco han ayudado para nada las actuaciones de las fuerzas de seguridad en determinados momentos de nuestra historia. Ni la lectura e interpretación cicatera que de nuestro Estatuto realizan los jueces del Constitucional, muchos de ellos profundamente nacionalistas patrioteros españoles y de un derechazo que causa pavor. Mucho más cuando encuentran tan cómodo acomodo en un PP con actitudes muy cercanas en demasiadas ocasiones a las de la extrema derecha: aborrece de los nacionalismos, dicen, pero la bandera que colocaron en su día en la Plaza Colón da sombra a medio Madrid; los nacionalismos son retrógrados, pero vibran con los colores de la selección por un "sano patriotismo"; hay que tener cierta honestidad, recalcan, pero pierden la vergüenza defendiendo hasta el absurdo las conexiones entre los terroristas árabes y ETA; no se puede hablar con ETA, recuerdan, pero Aznar decía el 3 de noviembre de 1998 que había autorizado abrir contactos con el "entorno del Movimiento Vasco de Liberación", sin que por ello se le mueva ahora el bigote; hasta un inocente partido de fútbol entre las selecciones vasca y catalana es entendido en clave de ataque a la unidad sagrada de España. Estas actitudes generan un sentimiento de impotencia y rebeldía frente al sagrado destino en lo universal mucho más eficaz que la acción más espectacular de los del Movimiento Vasco ése.

Desde luego, ETA hubiera sido muy diferente si sectores más amplios de la sociedad vasca no hubieran (no hubiéramos) visto con simpatía sus acciones a lo largo de varios lustros, y el nacionalismo democrático hubiera levantado su silencio mucho antes. Todavía hoy en día, algunos de los que, como San Pablo, cayeron del caballo y están ahora en las antípodas, no dejan de afirmar que hay que entender lo que ETA hacía en aquellos momentos, justificando de esa forma la actuación de una organización cuya esencia se basaba en el terror desde el día que cargaron la primera pistola. Pero todos estos hechos han acabado forjando una situación en la que se ha trazado una trinchera cada vez más nítida entre ETA y su entorno, a un lado y el resto, al otro.

Ahora nos encontramos con que ETA se siente debilitada y derrotada, y acepta hablar con el gobierno. Por supuesto, puede causar mucho daño, puede seguir asesinando, pero ha tomado conciencia de su derrota a medio o largo plazo. Jamás un enemigo menor se sienta de forma voluntaria con un adversario mucho más peligroso si no siente que no merece la pena seguir. Infiltrada hasta extremos que no pueden siquiera sospechar, y con la mayoría de sus militantes en la cárcel o bajo control. Sin salida. Ahora es cuando debemos tender manos y ayudar.

Debemos hacerlo conscientes de que ETA y su mundo se han fabricado una realidad en la que creen a pies juntillas y que nada tiene que ver con la percepción que tenemos el resto. Así, hablan en nombre del pueblo vasco. Ellos son el pueblo vasco. Ellos deciden quién forma parte de él y quién no: la garantía para ser parte del pueblo vasco es pensar como ellos. Los demás son enemigos. Se trata de un sujeto abstracto cuyo contenido concreto es definido en cada momento, dependiendo de quién tiene el micrófono. Esta es, por ejemplo, una realidad fabricada, que nada tiene que ver con lo que la inmensa mayoría de la población piensa cada día, desde que se levanta hasta que se acuesta. Ser conscientes de algo tan simple como esto supondría poner las primeras piedras para construir algo. Defender un país independiente y socialista es legítimo, pero conviene medir las fuerzas y, por encima de todo, es necesario admitir que puede haber otras personas que defienden con idénticos derechos un país independiente y no socialista, o un país socialista pero no independiente, o un país engarzado en España con un nivel de autonomía muy fuerte, o sin ningún nivel de autonomía, etc. Todas ellas son posturas que se pueden defender: lo que nadie puede hacer es elevar sus propias convicciones personales y parciales a una categoría superior que anula el resto de las opciones.

España se dotó de una Constitución democrática, aunque es evidente que algunos de los rasgos que aparecen en la Constitución, el papel asignado a los militares, por ejemplo, son desconocidos en las Constituciones de otros países democráticos. Una Constitución que, se nos dice, ha dado forma a la nación, cuando ha sucedido más bien a la inversa. Por eso es tan inalterable, en opinión de algunos defensores que han descubierto su bondad después que en su día hubieran votado en contra. En aquellos momentos de la transición cada uno hizo lo que pudo, ante amenazas que eran muy reales: no faltó quien ha ocupado puestos de gran responsabilidad tras haber dicho que la ikurriña sólo sería legalizada pasando por encima de su cadáver; hubo golpes del ejército; el Partido Socialista defendió la unidad de Navarra con Euskadi, opción que ellos mismos convirtieron en anatema con posterioridad; se defendió la concentración de los presos de ETA, así como lo contrario. Pero de lo que no cabe duda es que la Constitución se sintió en aquellos momentos como una ley que articulaba la organización del Estado de forma asimétrica: regiones con techo competencial más alto frente al resto de las regiones y con posibilidades de cooperación y unión señaladas de forma expresa, como en el caso de Euskadi y Navarra. Todo aquello era, y sigue siendo, aunque a algunos les parezca imposible, discutible, pero con esa fórmula se procuraba dar salida a posiciones de partida enfrentadas y diferentes: ni tanto ni tan calvo, para empezar a andar no está mal. Luego, las cosas no han evolucionado según aquella lógica: del café para todos (y todas), se ha pasado a interpretaciones impuestas por tribunales, cada vez que ha llegado el caso, que son muy difíciles de entender desde aquella perspectiva y con las que un amplio sector de la población vasca no comulga en absoluto.

La sociedad vasca está partida en dos en sus sentimientos: la mitad de ella o no quiere convivir con España en el marco político actual, o está dispuesto a hacerlo desde unos presupuestos que supongan un grado de autonomía mucho mayor y diferenciado con respecto a otras regiones. La otra mitad no se plantea esa cuestión, y siente su pertenencia al estado de forma similar a como la siente un toledano o un vallisoletano. Es difícil saber qué porcentaje de vascos quiere que el resto de España respete en su totalidad nuestros acuerdos internos, pero no parece pequeño ni despreciable. Ésta es una situación que no tiene parangón en otras partes del estado. Ésta es una realidad que no se puede machacar ni olvidar. A algunos no les gusta, pero está ahí, porque no es cuestión de gustos. Hay que tenerla en cuenta, porque de otro modo la tensión volverá una y otra vez de forma recurrente. Hay que llegar a acuerdos entre todos.

Es difícil para quien se ha educado en el mal y ha asumido los valores del entorno de ETA como algo natural (matar, denigrar, pisotear, despreciar a quien piense lo contrario) es difícil caminar en una dirección en la que pueda encontrarse con otros que tienen ideas diferentes. Mucho más cuando sus militantes están en la cárcel, lejos de sus familias, por razones que a veces no resultan fáciles de entender, como no sea desde la perspectiva de acumular castigos gratuitos mayores. Quien se ha educado en la cultura del entendimiento, por otro lado, debe realizar un esfuerzo enorme también para sentarse en la mesa con quienes hasta no hace mucho han apoyado que les maten, llegado el caso. Naturalmente, cualquier diálogo en un proceso que se adivina largo y con altibajos debe respetar unas premisas básicas: la ausencia total de toda violencia (lo que la gente normal entiende por violencia, claro, no nos estamos refiriendo aquí a los autos de un juez por muy discutibles que sean) es el punto mínimo de partida; la intención real de encontrar una salida también, sin que quepa admitir la existencia de leyes o cuestiones intocables. Todos los conflictos se han ido solucionando con el diálogo. Y el diálogo implica concesiones, implica dejarse algunos pelos en la gatera. Parece una monstruosidad, claro: ¿de modo que, encima de que nos han ido matando como si fuéramos conejos, ahora tenemos que plegarnos? Esta es una sensación muy legítima. Pero todos deberemos hacer un esfuerzo descomunal para ponernos en el pellejo del otro, en el pellejo de todos los otros: no porque nos guste más o menos, sino porque de otro modo seguramente no habrá soluciones.


Iritziak

koldo | Sendo eta sakon... "Quien se ha educado en el mal" aipatzen duzu eta hori da, ene ustez, daukagun arazoetarik haundienetakoa: hainbat eta hainbat herritar, gure lagunak, gure semea-alaba asko kulrura horretan hazi dira... eta akordioaz ala akordiorik gabe, kultura eta joera horiek ezabatzea izango zaigu lanik gogorene eta zailenetakoa, dudarik gabe. | 20.12.2006 20:47
J. Zarrabeitia | Me parece un artículo muy sensato. Especialmente valioso en estos momentos porque adopta una perspectiva suficientemente amplia, respetuosa y positiva. | 02.12.2006 20:41

Zure iritzia bidali